jueves, 28 de agosto de 2025

16 de julio, 150 años de danzas de congo en el Carnaval:

GURZIL, EL DIOS TORO QUE SE QUEDÓ EN BARRANQUILLA

Cabildos de negros con sueños de libertad, desde la Colonia en Cartagena a Rebolo en Barranquilla. Toro Grande y Congo Grande, casi al mismo tiempo; primer desfile, 1876. La semiótica de la máscara de toro. El minotauro de carne y hueso, y de satín.

Óscar Barrios (director del Toro Grande), un minotauro de carnaval (al centro) y Adolfo Maury (director del Congo Grande)

Por Carlos Ramos Maldonado

Este relato, se podría asegurar, comenzó en 1863, cuando la Confederación Granadina se convierte en Estados Unidos de Colombia, dándole mayor autonomía al Estado Soberano de Bolívar, de la que hacía parte la Provincia de Barranquilla, circunstancia que permitió mayor inversión territorial cuya consecuencia fue el desarrollo portuario al conectarse por ferrocarril (el primero de Colombia, desde 1871) el mar con el río desde el Puerto de Sabanilla hasta la Intendencia Fluvial, generando progreso, por tanto, empleo e inmigración masiva igual de extranjeros que vieron oportunidades de negocios, como de habitantes de las riberas del Magdalena (poseedores de la cultura anfibia) atraídos por el sueño urbano.

Si el censo oficial de 1851 decía que Barranquilla tenía 3.215 almas humanas (entre ellas 71 personas esclavizadas, liberadas al año siguiente), veinticinco años después ya contaba en promedio con treinta mil habitantes, debido a la migración atraída por el crecimiento portuario, industrial y comercial, apostados los naturales de la ciudad y primeros inmigrantes en los barrios Centro, Rosario y Abajo, y los nuevos pobladores ricos y pobres en el Barrio Arriba del Río, los primeros en lo que hoy corresponde al barrio San Roque, y los segundos en lo que es Rebolo.

Con los inmigrantes, en su gran mayoría, llegó el Carnaval. Los extranjeros montaron sus clubes sociales para disfrutar su parafernalia eurocentrista, especialmente antes de la cuaresma, y los provincianos organizaron sus ruedas callejeras para celebrar los recuerdos ancestrales africanos, indígenas o campesinos, especialmente para los triduos de las vírgenes de la Candelaria y del Carmen. Y acá comenzó el “bembé”, pero para entender la semiótica de los disfraces nobiliarios y fáunicos de origen africano, regresamos a la época de la Colonia y, más atrás, a la Antigüedad africana y mediterránea.

Del minotauro al toro de carne y hueso, de satín

Cuando durante la Colonia en Cartagena los esclavos mandingas, carabalíes, minas o congos, la mayoría pertenecientes al complejo lingüístico-cultural melanoafricano/bantú y a la religión Yoruba, realizaban sus cabildos con permiso español para rendir culto a sus dioses del panteón Orisha y burlarse de sus amos, los peninsulares creían que estos celebraban la novena a la virgen de la Candelaria, rito que era engañoso, pues tal vez la única relación que se encontraba entre la mitología negroide y la iconografía católica era la representación de la luz en la advocación mariana, que para la primera significaba fuerza, naturaleza, reproducción, purificación, pero principalmente Sol y centella. 

Los yorubas nombraron, identificaron y deificaron a las energías de la naturaleza y las llamaron Orishas. En su esfuerzo por esconder su religión y sus prácticas mágicas, identificaron estos espíritus con los santos del catolicismo, dando como resultado un sincretismo religioso conocido hoy como santería. Un santo católico y un orisha lucumí son vistos como manifestaciones diferentes de la misma entidad espiritual que fortalece a Ashe (fuerza de la vida).
Por un lado, los bantú correspondían a remotos clanes semi-nómadas del Sahel (región que cubre el centro de África, desde el océano Atlántico hasta el mar Rojo, bordeando el río Congo y la parte alta del Nilo, siendo su principal activo el ganado vacuno); y sus vecinos norteños con quienes se relacionaban mucho eran los pueblos bereberes, de alta influencia egipcia (que adoraban al dios toro Apis), fenicia, griega, persa y musulmana, y cuyo dios de la guerra, Gurzil, se figuraba por un toro (pudo haber sido un minotauro, de influencia cretense), al que llevaban a la batalla cuando luchaban contra los romanos, que tenían su propio mitraísmo. Gurzil con su fuerza bestial (“tal viento con sus bramidos que arrasa y arranca los árboles desde la cima”, como la deidad yoruba Oyá), defendía el territorio al lado de la diosa Ifri-kia (“expuesta al sol” o “sin frío”, de donde surge la palabra África).
OYÁ: Iansá, orisha del río, diosa de la fuerza y del fuego, guerrera y poderosa, agresiva, dueña de la pasión. No mide la consecuencia de sus actos. Usa espada y escudo, y por eso prefiere la batalla en lugar de lo cotidiano. De Oxossi, dios de la caza, aprendió a tirar la piel del búfalo y se transformó en este animal con la ayuda de la magia aprendida con Exú.

Y, por el otro lado y en otro tiempo, de las ceremonias paganas que realizaban los negros cimarrones en el salvaje e impenetrable Cerro de la Popa de Cartagena, se decía que danzaban demonios y se idolatraba a una deidad llamada “Buziraco” o “Cabro Urí”, que parecía un macho cabrío, también bicornio como los sátiros miembros de la corte de Dionisio, en la fábula griega. Pero en el sincretismo cristiano-yoruba que se dio en América, ante la represión española, los mismos esclavos y libertos veneraron entonces a la virgen de la Candelaria, aportando con fines místicos parte de los cantos e invocaciones litúrgicos de su Palo Congo.

De tal forma que para comienzos de febrero, en medio de las licencias festivas de la patrona morena de la ciudad amurallada, los descendientes de la nobleza africana usaban turbantes para recordar su pasado e impresionar a los de su étnia, y otros semejaban a su dios teriomórfico, disfrazándose de toro, sinónimo de fertilidad, prosperidad y fortaleza: de ahí congos y toros, ya que la idea de poder se expresaba a través del turbante y la máscara del animal, asunto semiótico que constituía la liberación de toda la energía de la naturaleza consagrando al animal destinado al sacrificio; es decir, el cortejo consistía en idolatrar al toro para al final inmolarlo.

El sociosemiótico Gustavo Ramos Maldonado, ya fallecido, decía en una investigación sobre el rito de la danza de congo, que la máscara de toro se utiliza para intimidar, momificando el verdadero rostro de un dios impostado, contingente y mutable, que se transfigura y tipifica para modelizar poder y agresión.

Tres imágenes de hombres-toro: minotauros, a los extremos, y, al centro, un toro de carnaval.

Los congos en Barranquilla

Con el acelerado progreso de Barranquilla en la segunda mitad del siglo XIX (impulso de la vocación aperturista y comercial desde el gobierno federal, construcción del ferrocarril de Sabanilla, inversión extranjera, entre otras causas ya dichas), devino también una migración de campesinos riaños del Magdalena y del Canal del Dique atraídos por el sueño urbano, lo que consolidó la cultura afrodescendiente en nuestro entorno.

Ya la emergente ciudad expresaba la diversidad cultural a través de un añejo carnaval informal que representaba la tradición, la parafernalia y la nostalgia de las diferentes clases sociales, y por sus principales vías, muchas aún polvorientas, desfilaban disfraces individuales y colectivos que, para el caso de los barrios del sur, semejaban costumbres perdidas, atuendos originales, naturaleza fáunica, significaciones mistéricas y caricaturas burlescas. A diferencia de Cartagena, allá las fiestas continuaron en los tiempos de la Candelaria, mientras que acá duran cuatro días antes del miércoles de ceniza, de acuerdo a la cultura europea.

En el antiguo Barrio Arriba (San Roque y Rebolo) había una combinación de clase donde ricos y pobres transitaban por los mismos espacios públicos: la plaza de El Boliche, el caño de La Ahuyama, las seis vías principales (La Fe, Soledad, Maturín, San Francisco, Las Vacas y Camposanto), callejones apacibles (como Bocas de Ceniza, Vesubio, Porvenir, Buen Retiro, Concordia, Matadero, Hospital e Igualdad), una sola parroquia, la de San Roque, y una capilla de tablitas advocada a la virgen del Carmen, patrona de los viajeros, navegantes y pescadores. Los ricos se dedicaban al comercio y los pobres al mercado informal, a la maraña y al servicio doméstico ajeno. El primer matadero público de la ciudad quedaba en el sector, hoy conocido como Zona Negra, por lo que el comercio de carne de res y sus anejos eran fuente principal de trabajo de los adultos.

Esta fue la razón para que en Rebolo se hiciera fácil elaborar livianas máscaras de toro, de bonga, pivijay, laurel o matarratón, con rudimentarias técnicas, decoración abstracta con colores planos, cuernos originales y sonajeros de latón, de los que cuelgan pañoletas. Además, los congos usaban para su defensa pichas de toro y vejigas de cerdo, resecas, las primeras, e infladas, las segundas.

El primer paso para organizar una danza de congos y toros, llamada Toro Grande, con indumentaria, música y coreografía de acuerdo a la usanza cartagenera, pero con rasgos de teatro callejero al estilo de la Barranquilla popular de entonces, lo dio Luis Rodríguez un 16 de julio de 1875 en compañía de varones del lugar y del Barrio Abajo, entre ellos matarifes y carniceros, señores de edad que por su cuenta sacaban el disfraz cada carnaval, y que esta vez, con más de cincuenta integrantes o veinticinco parejas, todos hombres, decidieron conformar el grupo para serpentear al estilo guerrero en su propia calle (en la placita de la capilla del Carmen) un culto secular durante la víspera de la sagrada mujer del Monte Carmelo, patrona de Rebolo y también Oyá en el panteón Orisha. Ese primer sitio ya no existe, pues el sector fue transformado al construir allí el Centro Social Don Bosco, el punto blanco de la Zona Negra según el desaparecido y muy querido sacerdote salesiano Stanley María Matutis.

El 22 de diciembre del mismo año 1875, muy cerca de allí, en el callejón de Providencia con Calle España, hoy barrio Montes, un comerciante de artesanías de origen italiano, Joaquín Brachi, fundó el Congo Grande. Dice la página oficial del Carnaval que “el mismo Brachi y sus colaboradores más cercanos, Manuel Efro, Luis Macías y Teobaldo de La Ranz, hicieron una especie de manual de estilo en el que detalladamente diseñaron la línea de mando, los personajes, la coreografía, el vestuario y la música de su danza”.

En el carnaval del año siguiente (el 26 de febrero va a hacer 150 años) desfilaron por primera vez danzas de congo en la ciudad de Barranquilla: el Toro Grande y el Congo Grande, con garabatos, paloteos, monocucos y pea-peas informales, en un recorrido soleado que iba desde la placita del Carmen, subiendo por Buen Retiro, pasando por los salones burreros de la calle de Las Vacas y de la plaza Siete de Abril, hoy parque Almendra, para terminar en la Calle Ancha. Para tal fin, cada danza conformaba tres cuadrillas: la primera era un escuadrón de portaestandartes, que cargaba las banderas, símbolo de un desfile militar; la segunda eran dos hileras de animales salvajes, comandada por toros de satín con vestido enterizo tipo bombacho y bandas cruzadas, y seguida por gorilas, tigres, perros, burros y osos, y una tercera cuadrilla integrada por congos (bailando en parejas cruzadas con actitud guerrera al talante de los esclavistas portugueses, ataviados con pantalón de copas y botas anchas con arandelas corrugadas, camisas manga larga con puños multicolores, pechera, gola, capa y penca larga que llega cerca a los talones y está adornada con cintas, lazos, encajes y otros elementos, y un turbante de trenzas y flores artificiales digno de los príncipes congoleses) y algunas negras, pero estas eran hombres disfrazados de mujeres, simulando a Dionisio, dios de la abundancia y la vendimia, que era hermafrodita. La música en vivo tenía ritmo africano e indio (tambor alegre y guacharaca), canto de pajarito y versos decimeros, en un diálogo entre solista y coro, con acompañamiento de palmas.

Dos años y pico después, el 20 de enero de 1878, unos muchachos, algunos hijos de los fundadores del Toro Grande y otros vecinos, rebeldes porque sus padres no los dejaban bailar con la danza original (ya que los dos grupos folclóricos iniciales se enfrentaban a machete de madera, picha y vejiga cada vez que se encontraban en cualquier escenario público, especialmente en la plaza Siete de Abril), conformaron la perenne danza El Torito. Elías Fontalvo y José Trinidad Barrios tomaron las riendas que aún hoy, en cabeza de Alfonso Foltalvo, mantiene la primera familia, ahora convertida la danza en símbolo guardián de la tradición del carnaval, transformado este en patrimonio cultural de la nación y patrimonio oral e inmaterial de la humanidad.

Máscara del Torito, símbolo del Carnaval de Barranquilla

Vale recordar que del Congo Grande se desprendieron el Congo Grande de Galapa, el Congo Dinastía, el Congo Reformado y el Congo Rumbero, y del Toro Grande salieron el Toro Cimarrón y el Congo Barranquillero. También se reconocen el Congo Carrizaleño, el Congo Espejo, el Perro Negro, el Congo Tigre, el Congo Dinastía, el Congo Alegría (infantil) y el Congo Campesino de Galapa, entre otros.

Resurge el Toro Grande

Cuando surgió el Torito como resistencia generacional, desapareció el Toro Grande, pero como muchos de los fundadores de la nueva agrupación folclórica eran de Soledad, entre ellos los miembros de las familias Barrios y Rodríguez, hicieron reaparecer el Toro Grande en el municipio vecino en 1939, durante tres años, hasta que su líder José Trinidad Barrios se regresó a la ciudad, reintegrándose al Torito de los Fontalvo, tiempo cuando esta danza se consagraba como la más representativa del carnaval de Barranquilla.

En 1986 sucede otra escisión, y el Torito, que operaba en la residencia de Antonio Arzuza, en el callejón Santander de la calle Soledad, se traslada para su actual sede de la calle de La Cruz, entre Concordia y Hospital. Entonces José Barrios, hijo, y sus hermanos Óscar, Teobaldo, Atenógenes y Orlando (director de las Ánimas Rojas, las letanías más antiguas del Carnaval), en compañía de Carlos Maestre, Carlos Rojas, Antonio Arzuza y Manuel Noguera refundaron el 16 de julio el Toro Grande, en la misma calle Soledad (hoy, avenida Matutis), entre Manga de Oro y Santander, diagonal a la reconocida esquina El Pekín, la casa de chinos más antigua de Barranquilla. Al año siguiente, en su primer desfile de Batalla de Flores, quedaron en el tercer lugar entre los grupos de danzas de tradición, pero los dos años siguientes fueron coronados con el Congo de Oro, y, en casi cuarenta años, suman más de quince primer puesto.

Óscar Barrios Mendoza, el menor de la familia, dirige hoy la danza, con la responsabilidad de hacerla perdurar por secula seculorum y adquirir para el grupo algún año la dignidad de Rey Momo. La organización tiene más de 150 integrantes divididos en numerosas cuadrillas y participa en los principales eventos oficiales de la temporada carnestoléndica, desde la lectura del Bando hasta la Reconquista, un día antes de que los barranquilleros se presten a purgar los pecados de carnaval con la cruz de ceniza en sus frentes.

Por su parte, Adolfo Maury, nieto de Ventura Cabrera (de la cuarta dinastía de directores del grupo) y actual director del Congo Grande, cuenta que ha desfilado en su danza por más de medio siglo, y que la primera vez que un niño sale a bailar, es bautizado en un rito especial en plena Batalla de Flores, cuando los más ancianos se despiden. Lo que más caracteriza al Congo Grande, es la gola negra que portan, pueden cambiar todos los colores de la indumentaria, menos este atuendo que recuerda la presencia de los ya fallecidos. Es costumbre en los grupos de congos y toros ir al cementerio antes de iniciar el primer recorrido de carnaval para honrar la memoria de los fundadores.

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