"El rito(1) de la muerte para celebrar la vida, en el carnaval de Barranquilla"
El carnaval es la fiesta más mundana que existe, representa el éxtasis y la autodestrucción colectiva para resurgir más espiritual a la vida, como el uróboros, el eterno retorno: celebrar la abundancia, bajar al inframundo, reaparecer como el Ave Fénix e imponerse la cruz de ceniza, que es la purificación.
Por. Carlos Ramos Maldonado, PhD.*
Desde el viernes, cuando revive Joselito, y el sábado, cuando desfilan el Garabato, los diablos arlequines, descabezados y otros personajes tétricos, hasta las representaciones letánicas del escenario público y, otra vez, el martes, el entierro de Joselito, todo es una sola algarabía social que apenas se supera el Miércoles de Ceniza.
En Vevčani, una apacible aldea de Macedonia, se celebra un siniestro carnaval milenario que reivindica las costumbres paganas balcánicas y construye en desfile callejero parodias y sátiras a las religiones monoteístas, acercándose a la destrucción y al infierno, lo que curiosamente la convierte en una de las festividades más alucinantes del mundo. Se celebra en el triduo del año nuevo ortodoxo, que comienza el 14 de enero, pero las funciones se inician en la víspera, y lo que se pretende en este ritual pagano colectivo es ahuyentar a los malos espíritus, aunque pareciera apuntar a la perversidad en tono sarcástico.
Ver apuntes del carnaval de Vevčani, cortesía Infobae: https://n9.cl/ts1rc
Aunque desde mucho antes, aproximadamente el Siglo XII a.C., en la Grecia vecina, los agricultores celebraban la vendimia en las Anthesterias (que corresponde en el calendario gregoriano a finales de febrero y al principio de marzo) en homenaje a Dionisio, dios de la fertilidad y la abundancia, inspirador de la locura ritual y el éxtasis, o sea, los bacanales, como posteriormente en Roma llamaron las fiestas en honor a Baco.
Se considera que la extrema abundancia y abuso de ella en el declive genera pobreza psíquica (el exceso frustrante de la exagerada fruición), y el temor a esas consecuencias hacen que en el disfrute se esquive u oculte la realidad, transformando los actores sus rostros y vestimentas, construyendo así una personalidad pública diversa, desde la arrogancia de la élite mofándose de sí misma, hasta la resistencia de los pobres, que en el bucle deshonran el comportamiento de los ricos y se burlan de su propia miseria. Allí se inspiran en disfraces y máscaras, como la imitación del “casco de Hades”, que vuelve a la persona invisible o encubierta en el personaje externo, en circunstancias apocalípticas que van de la oscuridad (la muerte) a la luz (la vida) o de la abundancia que empobrece a la resurrección, que es la trascendencia, encarnación del dios greco-egipcio Sarapis, a quien se le rendía culto sincrético carnavalesco en los tiempos antiguos. Al final de este festín, en el renovado curso del albor, se reduce la vida a lo esencial para crecer espiritualmente (como en la etapa de la cuaresma), y se renuncia a improcedentes tentaciones, evadiendo pecados.
Carnavales Euroafricanos en América
Por su diversidad tribal, por los auto-encierros territoriales y debido al marginamiento provocado por las colonias europeas, África construyó una riqueza cultural ancestral, protegida por dentro y despreciada por fuera (como dice el dicho rebolero: “por fuera asusta; pero por dentro, enamora”) que se expandió cargada de nostalgia en las ergástulas navieras hispanas cuando la obligada diáspora negra, esencialmente en los años 1600 “cuando el tirano mandó”.
Con los cimarrones esclavizados vinieron los ritos misteriosos que involucran tambores, cantos y danzas, especialmente bailes fúnebres, vestuario extravagante y enmascaramiento semiótico, de tal manera que el destierro no los desvinculó de sus raíces por secula seculorum, y el tortuoso camino y estancia del sufrimiento en tierras ajenas lo paliaban con una sincrética fiesta de muerte y vida, simulando agresivos disfraces zoomorfos y pantomimas de guerra que suponían liberación.
En la Danza del Garabato de Barranquilla, por ejemplo, proveniente de la cultura anfibia negroide, en la que los danzantes simbolizaban su vida de infelicidad bailando al ritmo del tambor, la muerte con su guadaña interrumpe el coqueteo gozoso de una pareja para llevarse a la mujer, por lo que entabla una decorada disputa con el hombre, semejante a la lucha de Orfeo con el demonio para rescatar a su amada Eurídice:
“La mitología griega cuenta que la esposa de Orfeo (hijo de Apolo, dios de la música y la poesía), después de una trama siniestra, es raptada consecuencialmente por Hades (el dios del inframundo) y llevada a la mansión de los muertos y las tinieblas de los silencios imperecederos. Hasta allá fue Orfeo, que con su lira domeñaba a las bestias, por lo que logró pasar la puerta que cuidaba un cancerbero. Y la rescató porque la mujer alcanzó a soportar la tentación de comer la fruta prohibida, una simple semillita de granada”.
Estas dos metáforas escénicas insinúan la convergencia de culturas ancestrales de dos continentes del viejo mundo que se encuentran acá en un territorio “virgen” para celebrar la historia y la vida.
Pero en épocas más cercanas, durante la celebración de la Candelaria cuando la colonia inquisidora, según el historiador soledeño Fernando Ferrer, los agustinianos escenificaban el ceremonial de la muerte en la batalla inicial de esta contra demonios para abrirse camino y después contra la vida para que indígenas, mestizos y afros perdieran el temor a padecimientos cotidianos y a perecer, normal en los tiempos de la esclavitud, y al final entraba un sacerdote que resultaba vencedor, el salvador de las almas de los desposeídos.
Letanías, el miedo al fuego del infierno
Pero hay más:
Según Fredy Cervantes, director de las Ánimas Blancas de Rebolo (escisión de las Ánimas Rojas y provenientes todas del desaparecido Capuchón Negro, creado casi un siglo atrás, también en Rebolo) y primer Rey Momo de la Oralidad en el Carnaval de Barranquilla, el “verso litánico” es una intersección decimera sencilla en la oración litúrgica que presenta una forma de enunciación realizada por un solista y una respuesta coral, y que proviene de unos antiguos ritos monásticos; aunque hoy día se emplean para satirizar, criticar y hacer burla de temas y personajes de la actualidad local, nacional e internacional durante las festividades; además, expresan una profunda carga de denuncia social, política y cultural, reflejando la realidad de la región y el país de una manera irreverente y humorística.
En su origen, las letanías eran súplicas dialogadas entre los sacerdotes (que, como los monjes, usaban túnicas –tal Jesús de Nazaret- y capucha para ocultarse y evitar distracciones mundanas) y los fieles, y se rezaban sobre todo en las procesiones y en sesiones ocultas para ahuyentar demonios circundantes, que también actuaban mediante correos de brujas.
Esta es la vida, pero su origen fue el temor al castigo y a la muerte. Una letanía ayudaba a enfocar la mente en momentos de peligro, muy cercano al fuego del infierno:
“ …Y cuando salgan, verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí; porque su gusano no morirá, ni su fuego se apagará, y serán el horror de toda la humanidad...”: Isaías 66:24
La tradición laica transmutó y transmigró este ideario escénico original para colocar la oralidad resultante en reductos populares que enfrentaban peligro o miedo en su vida cotidiana, como burlándose de la muerte:
“Estaba la muerte en cueros
sentada en un escritorio,
y su madre le decía:
-¿No tienes frío, demonio…?
Coplas El Chuchumbé, oralidad popular de México(3)
Joselito Carnaval, nace/muere o viceversa
Joselito, sinvergüenza e irresponsable, es la reencarnación de Momo (divinidad protectora de todos aquellos que se entregan a los excesos mundanos) abstraído en el inframundo para morir en el cierre de la rumba, sin antes ser visto, pues su vida es sueño y dolor alegre en sus deudos que lo entierran simbólicamente para entrar al arrepentimiento, la penitencia y la redención después del disfrute del carne-vale o “el valor de la carne”.
Para la investigadora Olaris Martínez, “Joselito es una especie de obra parateatral que configura la isotopía del dolor, la muerte, la acentuación de la virilidad en un mundo al revés”.
La leyenda “real” se originó en el barrio Rebolo hace un siglo incierto: José Nicolás Ariza salió un viernes precedente al carnaval de Barranquilla a trabajar en la funeraria donde conducía un coche mortuorio de tracción animal, pero desde temprano se embebió de la víspera festiva alejado de toda persona conocida, incluso, hasta dado por desaparecido, muerto ausente y velado, hasta que el Martes de Reconquista apareció tirado en un andén muerto/vivo, algo así como un eterno retorno encontrándole valor a su propia existencia si después de la rumba carnavalera se recompone en una preparación anual para la próxima muerte cuando Momo lo captura en el disfrute de lo mundano non sanctos hasta que vuelva a regenerarse de las cenizas, como el Ave Fénix, que simboliza el poder de la resiliencia para salir fortalecido de los problemas.
O sea, es al revés: muere el viernes y revive el martes, pero durante esos días perdidos goza las tentaciones del demonio, aunque no se deja llevar, hasta que lo aburre y por eso es aventado a la cotidianidad para que siga sufriendo las adversidades de la vida real: “No te burles: ¡tú verás! El otro año nos vemos” –lo despidió derrotado el soberano de las tinieblas.
Yo me desprendo de la carne
para jugarla de semental alegórico.
Alguna semilla debe aflorar
en la insatisfacción desnuda de los tiempos que no llegan
y rebelarse con la cruz de ceniza.
Estrofa del poema “Carnaval 1ª”, de CRM
Ver artículo “Tras los
pasos de Joselito Carnaval”: https://n9.cl/p0c78
Conclusión
Y en ese vaivén, el ser humano se enfrenta al escenario dialéctico existencial vida/muerte, a veces con un disfraz lúdico externo para ocultar la realidad interna, procurando entender y enfrentar su final que trascienda a la felicidad celestial y no tener que soportar los embates del infierno, dimensiones mentales que apenas se manifiestan mediante las emociones o la conciencia humana; pero, a veces, bajo la influencia antigua y feudal aún vigente de que esos lugares son metafísicos/concretos.
Así que, desde el comienzo de los comienzos, desde la vida primitiva hasta lo que se pudiera denominar civilización posmoderna, a través de la recreación y el sigilo, las sociedades han construido leyendas y mitos sobre el encuentro ineludible entre la vida y la muerte, representando momentos de tropiezos fatídicos, de derrotas y triunfos, donde en el desarrollo parafernálico se disfruta la confrontación y la victoria.
Es lo que sucede en el Carnaval de Barranquilla con muestras ancestrales colectivas e individuales y glocales sobre el espejismo de la vida con la muerte en espacios ficticios que aprendimos de las narrativas y metáforas históricas recogidas de textos grabados y oralidades e imaginarios modernos que sirven de base para reafirmar la existencia de divinidades (entre ellas la misma conciencia humana) y demonios (los antivalores), a través el perfomance vagabundo de la resurrección después de las tentaciones terrenales.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
[1] Acción o acto exterior arreglado, por costumbre, para dar culto, mediante ceremonia, a las cosas divinas, o reverencia y honor a las profanas.
[2] “…una carreta que salió al través del camino cargada de los más diversos y extraños personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; a un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversos colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros” (Cervantes, 713, en https://n9.cl/mvwps)
[3] Méndez María. (1995). La muerte burlada en textos populares mexicanos. Toulouse, Francia, Caravelle.
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