LA “VORÁGINE” DE SANTA ROSA DE YAVARÍ
Desde la Colonia Española, área de conflictos limítrofes. Santa Rosa, un pequeño
islote y centro poblado al noreste de la “línea más profunda del Río Amazonas”
entre Colombia, Perú y Brasil. Los “líos de faldas” y el incidente de Leticia. La
tierra de aluviones o lengua de arena surgió frente a Leticia desde 1970, 36
años después de la firma del Protocolo de Río, ocurrida en 1934. Cómo se
configuraron los mapas del Amazonas en la Triple Frontera (de la posesión
jurídica a la posesión de hecho).
Por Carlos Ramos Maldonado
Colombia hace visible ahora un
diferendo dormido por décadas en el corazón de la selva que por permisividad
del gobierno amazónico nuestro dio lugar a que habitantes del Perú poblaran
deliberadamente un islote surgido de los aluviones del río Amazonas (uno de los
más grandes y caudalosos del mundo), como extensión de la isla peruana Chinería
(de la que se separa mediante el caño Nazareth), pero al norte de la “Línea más
profunda del Río”, es decir, en jurisdicción natural de Colombia, según el
Protocolo de Río de Janeiro, acordado en 1934 para dirimir una fratricida guerra
entre ambos países bolivarianos, que duró ocho meses, desde el primero de
septiembre de 1932.
Dicho tema se instala en la
agenda pública binacional desde el pasado tres de julio, cuando el Congreso de
Perú promulgó una Ley que declara al centro poblado Capital del Distrito de
Santa Rosa de Loreto (ubicado en la Provincia de Mariscal Ramón Castilla, en el
departamento de Loreto), donde habitan tres mil personas dedicadas
principalmente al transporte fluvial y comercio internacional entre Perú,
Colombia y Brasil, lo que estrecha lazos de hermandad y genera
multiculturalidad.
En el verano de 1970 el peruano
Aladino Cevallos utilizó la naciente lengua de arena para recoger huevos de
hicoteas y sembrar batata, patilla,
ahuyama, calabaza y melón en esos playones, y poco a poco se hizo acompañar de familiares
y amigos para aumentar la producción agrícola que creció con cañaverales y otros
tubérculos, lo que fue creando una aldea de cambuchos apenas vistos a la
distancia de manera indiferente por los moradores del puerto de Leticia, la
capital del departamento colombiano del Amazonas.
El cuento es que, tras el impase
discursivo entre los dos países desde hace cinco días, el ejército de Perú
acantonó un pelotón allí, anteayer, en el ojo de “las tres fronteras” izando la
bandera rojiblanca; y el jueves pasado el presidente de Colombia, Gustavo Petro,
hizo presencia en Leticia para conmemorar la Batalla de Boyacá, que le dio la
independencia definitiva a la entonces Nueva Granada; o sea, sonaron las salvas
de artillería y hubo sobrevuelos militares.
Real Cédula de 1802, el origen de “La vorágine”
Originalmente la división del
mundo a partir del denominado “Descubrimiento de América” comenzó con el
Tratado de Tordesillas, en 1494, acuerdo diplomático entre los Reyes
Católicos (Isabel y Fernando de España) y el rey Juan II de Portugal, con la
intervención del papa Alejandro VI (el español Rodrigo Borgia). El tratado
establecía una línea de demarcación en el océano Atlántico, a 370 leguas al
oeste de las islas de Cabo Verde. Todo lo descubierto o por descubrir al
este de esa línea correspondería a Portugal, y todo lo al oeste, a España.
En lo que corresponde al Reino de
Castilla, se crearon en América dos virreinatos, entre 1534 y 1717,
respectivamente: Nueva España (Norteamérica hispana y Centroamérica continental
e insular) y Perú (Suramérica, a excepción de Brasil, aunque Venezuela estuvo
un tiempo bajo la jurisdicción de la Real Audiencia de Santo Domingo).
El Virreinato del Perú, originalmente muy extenso, se
dividió para facilitar la administración y el control de territorios más
pequeños. Entonces, por Real Cédula de 1717 se creó el
Virreinato de la Nueva Granada (integrada por las Reales Audiencias de Quito
–actual Ecuador- y Santa Fe –actuales Colombia y Panamá- y la Capitanía de
Venezuela), para fortalecer la defensa de la zona costera del Caribe
contra ataques de piratas y potencias europeas rivales, especialmente
Inglaterra. Y casi un siglo
después, en 1802, otra Real Cédula emitida por
la Corona Española, segregó la Comandancia de Maynas (donde creaba un obispado),
más el Gobierno de Quijos, de la Audiencia de Quito (Nueva Granada) y
los anexaron al Virreinato del Perú para fortalecer la presencia española
frente a los avances portugueses en la región amazónica. Pero esta última Real Cédula no se cumplió debido a la resistencia criolla y las dificultades prácticas en su implementación, así como a la falta de claridad en la delimitación de territorios y a la posterior inestabilidad política generada por la invasión napoleónica a España y las guerras de independencia de Ultramar.
El virrey de
la Nueva Granada elevó ante el Rey el denominado «recurso de súplica». Lo
propio hizo la Real Audiencia de Quito. Al no ser confirmada la Real Cédula,
como era de rigor ante dicho recurso para que entrara en vigencia, el obispado
no llegó a tomar forma, máxime si se tiene en cuenta que el ilustrísimo señor
Sánchez Rangel, designado obispo de Maynas, solicitó al rey suprimir dicho
gobierno (Tomado de Wikipedia).
Entonces, es así cómo, cuando los
acuerdos de las independencias de los países que pertenecían a la Corona
Española, los gobiernos tanto de La Gran Colombia como de Perú se acogieron al
principio del uti possidetis iuris (Derecho de posesión: los
nuevos Estados formados a partir de la descolonización deben mantener las
fronteras internas que tenían como colonias, según títulos legales en vigencia),
mientras que Brasil usaba el Uti
possidetis factis, es decir, las fronteras de un país se definen por la
posesión efectiva de territorio al momento de la independencia.
Así que surgieron las
desavenencias por algunas fronteras en el limbo en la región de amazónica, una
naciente “vorágine”, confusa y caótica, ya que el gobierno de Perú incluyó en
1822 las provincias de Quijos, Jaén y Maynas en su jurisdicción y en 1824 el
Congreso de la Gran Colombia (nombre informal) expidió la Ley de División
Territorial de la República de Colombia y contuvo los territorios en conflicto
como uno de los doce departamentos del naciente Estado, llamado Azuay, con
capital en Cuencas.
En consecuencia, el diferendo derivó en la denominada
guerra Grancolombiana-peruana (1828-1829), que no resolvió nada, y en el
Tratado de Guayaquil apenas se definió que como
referente básico para una delimitación definitiva se consideraran las fronteras
virreinales, pudiendo hacerse pequeñas modificaciones de común acuerdo, para
facilitar dicho trabajo, aunque ya estaba claro que para definir límites se
preferirían las divisiones naturales, principalmente los ríos y las costas
marinas; pero en 1830 se disolvió La Gran Colombia y las conversaciones
quedaron en punto muerto.
Sobrevenidas las nuevas repúblicas, Ecuador reconoció a Perú los territorios de Tumbe, Maynas y Jaén, aunque a veces se consideraba heredero de los títulos grancolombianos en esos territorios. Brasil, por su parte, aceptó en 1851 las fronteras con Perú incluido el Trapecio Amazónico hasta los ríos Caquetá (Yupará) y el Apoporis, pero en 1904 le regresó ese reconocimiento a Ecuador. Sin embargo, en un Tratado de 1916 Ecuador recibió de
Colombia una zona de terreno entre el río Marañón y río Napo a cambio de ceder otra
zona ubicada entre el río Napo-Amazonas y el río Caquetá, incluido el Trapecio
Amazónico, territorios que el Perú reclamaba para sí.
Pero fue en 1922, mediante el tratado Salomón-Lozano que Perú y Colombia
establecen los límites que hoy rigen las fronteras (con la desazón ecuatoriana),
sin observar con claridad el comportamiento del cauce del Río Amazonas.
La verdadera “Vorágine” entra al ruedo”
Como
todo tratado internacional debió ser refrendado por los respectivos congresos
de los países firmantes, y en Perú el parlamento lo aprobó casi unánime, aunque
con siete votos negativos, entre ellos el del empresario cauchero Julio C.
Arana (Senador por Iquitos), tristemente célebre por ser responsable de la
explotación y la muerte de miles de indígenas amazónicos de todas las fronteras,
a los que empleaba como trabajadores esclavizados, siendo su delictivo accionar
argumento para la novela del escritor colombiano José Eustasio Rivera, publicada
en 1924 y considerada un clásico de la literatura mundial.
El
epicentro de estas aberraciones fueron los territorios de Putumayo y Caquetá,
desde inicios del siglo XX, pero las autoridades colombianas no intervenían
porque estaban concentradas en la “Guerra de los mil días”, y tampoco las
autoridades peruanas, pues argumentaron no tener autoridad sobre los
territorios señalados, dominados de facto por Arana, a quien encubrían, y su
empresa británica Peruvian Amazon Rubber Company. Así que todo funcionaba mediante un acuerdo denominado Modus
Viviendi, que consiste en que las partes de un conflicto coexistan en paz,
se toleran.
Los “líos de faldas” y
el incidente de Leticia
El
primero de septiembre de 1932, un grupo de civiles pertenecientes a la Junta
Patriótica Nacional del Perú (resentida con su gobierno porque acaban de perder
la Guerra del Pacífico y un territorio con Chile –la ciudad de Arica-), el
ingeniero civil Óscar Ordoñez y el alférez Juan Francisco La Rosa, amigos
personales del cauchero Julio C. Arana, decidieron ejecutar el Plan de Leticia y
se tomaron la Ciudad disparando a las casas de los colombianos, capturando como
prisioneros a sus ocupantes, así como a seis funcionarios de la alcaldía y a 19
policías.
Según
el historiador Carlos Camacho, quien recogió en crónicas esa guerra colombo-peruana
(BBC News Mundo, mayo 26/2023), “El ingeniero Ordóñez, por su parte, le expresó
a un técnico inglés encargado del telégrafo, que habían decidido recapturar
Leticia, pese al tratado con Colombia, y declarar su independencia del resto
del país si el gobierno central los desautorizaba”.
Pero
los relatos van más allá: según el expresidente Alfonso López Michelsen,
fallecido en el 2007, e hijo del también expresidente Alfonso López Pumarejo,
quien reemplazó en el solio de Bolívar a Enrique Olaya Herrera y estuvo a cargo
del fin del conflicto en su primer mandato (1934-1938), el denominado Incidente
de Leticia ocurrió por un “triángulo amoroso”: En Leticia vivía una preciosa
mujer llamada Pilar, que era amante del alférez La Rosa, encargado de una
guarnición militar peruana cerca de la población, en la isla Chinerías; pero la
mujer también era pretendida por el intendente colombiano del Amazonas Alfredo
Villamil. El cuento es que Villamil no se resignó a perder sus sueños y raptó a
Pilar con el apoyo de cuatro agentes de policías y la escondió en la selva, ahí
“se armó Troya”, porque el militar se alió con el ingeniero Ordóñez, que
administraba una hacienda cauchera del lado de Colombia, sin querer pagar
arriendo fiscal por el uso de las tierras.
Los ruidos llegaron a Bogotá al día siguiente, y el presidente Olaya Herrera
ordenó al general Alfredo Vásquez Cobo rearmar el ejército (cuatro barcos
nuevos, cañones y ametralladoras, más 16 aviones de Scadta) como una estrategia
de intimidación militar, ya que esos pertrechos
poco se utilizaron, a pesar de las doce escaramuzas registradas, los heridos y las
víctimas mortales de ambos bandos en los ocho meses del conflicto. Todo se apaciguó
cuando el 30 de abril de 1933 fue asesinado en Lima el presidente Luis Miguel
Sánchez, y el sucesor, Óscar Benavides inició conversaciones con su amigo
liberal Alfonso López Pumarejo en la capital peruana, lo que desbocó en el
Acuerdo de Río de Janeiro en mayo de 1934.
El Protocolo de Río y
la isla de la discordia
El acuerdo final (o “semifinal”) del conflicto se firmó en Río de
Janeiro el 24 de mayo de 1934, como Acta Adicional del refrendado en 1922,
reafirmando las fronteras de 116 kilómetros sobre el Amazonas y colocando como eje
central la “línea más profunda” del lecho riaño, al norte para Colombia y al
sur para Perú (el "Talweg" es la línea que conecta los
puntos más bajos de un valle fluvial y, por lo tanto, coincide con el curso del
río en ese punto); es decir, se dividió el trazado del Río entre los dos
Estados no por la mitad, sino por el mejor surco navegable, .
Sin
embargo, como el Río ha movido su cauce fruto del caudal variable por
estaciones y años, se considera que ambos países deben revaluar sus dominios ya
que han desaparecido unas islas y surgidos nuevos aluviones y bultos de
sedimentos arrastrados por el caudal, de tal manera que la línea trazada en Río
de Janeiro no es la misma y se debe renegociar la jurisdicción de cada isla
nueva, entre ellas, Santa Rosa de Yavarí (no Loreto), que acaba de ser declarada Distrito
por parte del Gobierno del Perú, quedando al norte del lecho más profundo del Amazonas,
frente a Leticia, teniendo en cuenta que si los incas la toman, la ciudad se
quedaría sin puerto, pues antes de su nacimiento la fuerza del río que golpeaba al norte permitía
excelente navegabilidad a la capital más austral de Colombia.
Aunque los gobiernos de ambos países se han “pelado los dientes” en "dimes y diretes" y se debe regresar a la diplomacia, lo cierto es que entre el uti possidetis iuris y el Uti possidetis factis, en la época posmoderna, el satélite dice la verdad.
Aunque
“la vaina ya se formó”, hay que evitar que “se ponga fea”.
Excelente. Muchas gracias Ana Milena Garcia
ResponderBorrar