sábado, 9 de agosto de 2025

Se aviva diferendo colombo-peruano:

LA “VORÁGINE” DE SANTA ROSA DE YAVARÍ

Desde la Colonia Española, área de conflictos limítrofes. Santa Rosa, un pequeño islote y centro poblado al noreste de la “línea más profunda del Río Amazonas” entre Colombia, Perú y Brasil. Los “líos de faldas” y el incidente de Leticia. La tierra de aluviones o lengua de arena surgió frente a Leticia desde 1970, 36 años después de la firma del Protocolo de Río, ocurrida en 1934. Cómo se configuraron los mapas del Amazonas en la Triple Frontera (de la posesión jurídica a la posesión de hecho).

Por Carlos Ramos Maldonado

Colombia hace visible ahora un diferendo dormido por décadas en el corazón de la selva que por permisividad del gobierno amazónico nuestro dio lugar a que habitantes del Perú poblaran deliberadamente un islote surgido de los aluviones del río Amazonas (uno de los más grandes y caudalosos del mundo), como extensión de la isla peruana Chinería (de la que se separa mediante el caño Nazareth), pero al norte de la “Línea más profunda del Río”, es decir, en jurisdicción natural de Colombia, según el Protocolo de Río de Janeiro, acordado en 1934 para dirimir una fratricida guerra entre ambos países bolivarianos, que duró ocho meses, desde el primero de septiembre de 1932.

Dicho tema se instala en la agenda pública binacional desde el pasado tres de julio, cuando el Congreso de Perú promulgó una Ley que declara al centro poblado Capital del Distrito de Santa Rosa de Loreto (ubicado en la Provincia de Mariscal Ramón Castilla, en el departamento de Loreto), donde habitan tres mil personas dedicadas principalmente al transporte fluvial y comercio internacional entre Perú, Colombia y Brasil, lo que estrecha lazos de hermandad y genera multiculturalidad.

En el verano de 1970 el peruano Aladino Cevallos utilizó la naciente lengua de arena para recoger huevos de hicoteas y  sembrar batata, patilla, ahuyama, calabaza y melón en esos playones, y poco a poco se hizo acompañar de familiares y amigos para aumentar la producción agrícola que creció con cañaverales y otros tubérculos, lo que fue creando una aldea de cambuchos apenas vistos a la distancia de manera indiferente por los moradores del puerto de Leticia, la capital del departamento colombiano del Amazonas.

El cuento es que, tras el impase discursivo entre los dos países desde hace cinco días, el ejército de Perú acantonó un pelotón allí, anteayer, en el ojo de “las tres fronteras” izando la bandera rojiblanca; y el jueves pasado el presidente de Colombia, Gustavo Petro, hizo presencia en Leticia para conmemorar la Batalla de Boyacá, que le dio la independencia definitiva a la entonces Nueva Granada; o sea, sonaron las salvas de artillería y hubo sobrevuelos militares.

Real Cédula de 1802, el origen de “La vorágine”

Originalmente la división del mundo a partir del denominado “Descubrimiento de América” comenzó con el Tratado de Tordesillas, en 1494, acuerdo diplomático entre los Reyes Católicos (Isabel y Fernando de España) y el rey Juan II de Portugal, con la intervención del papa Alejandro VI (el español Rodrigo Borgia). El tratado establecía una línea de demarcación en el océano Atlántico, a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Todo lo descubierto o por descubrir al este de esa línea correspondería a Portugal, y todo lo al oeste, a España. 

En lo que corresponde al Reino de Castilla, se crearon en América dos virreinatos, entre 1534 y 1717, respectivamente: Nueva España (Norteamérica hispana y Centroamérica continental e insular) y Perú (Suramérica, a excepción de Brasil, aunque Venezuela estuvo un tiempo bajo la jurisdicción de la Real Audiencia de Santo Domingo).

El Virreinato del Perú, originalmente muy extenso, se dividió para facilitar la administración y el control de territorios más pequeños. Entonces, por Real Cédula de 1717 se creó el Virreinato de la Nueva Granada (integrada por las Reales Audiencias de Quito –actual Ecuador- y Santa Fe –actuales Colombia y Panamá- y la Capitanía de Venezuela), para fortalecer la defensa de la zona costera del Caribe contra ataques de piratas y potencias europeas rivales, especialmente Inglaterra. Y casi un siglo después, en 1802, otra Real Cédula emitida por la Corona Española, segregó la Comandancia de Maynas (donde creaba un obispado), más el Gobierno de Quijos, de la Audiencia de Quito (Nueva Granada) y los anexaron al Virreinato del Perú para fortalecer la presencia española frente a los avances portugueses en la región amazónica. Pero esta última Real Cédula no se cumplió debido a la resistencia criolla y las dificultades prácticas en su implementación, así como a la falta de claridad en la delimitación de territorios y a la posterior inestabilidad política generada por la invasión napoleónica a España y las guerras de independencia de Ultramar.

El virrey de la Nueva Granada elevó ante el Rey el denominado «recurso de súplica». Lo propio hizo la Real Audiencia de Quito. Al no ser confirmada la Real Cédula, como era de rigor ante dicho recurso para que entrara en vigencia, el obispado no llegó a tomar forma, máxime si se tiene en cuenta que el ilustrísimo señor Sánchez Rangel, designado obispo de Maynas, solicitó al rey suprimir dicho gobierno (Tomado de Wikipedia).

Entonces, es así cómo, cuando los acuerdos de las independencias de los países que pertenecían a la Corona Española, los gobiernos tanto de La Gran Colombia como de Perú se acogieron al principio del uti possidetis iuris (Derecho de posesión: los nuevos Estados formados a partir de la descolonización deben mantener las fronteras internas que tenían como colonias, según títulos legales en vigencia), mientras que Brasil usaba el Uti possidetis factis, es decir, las fronteras de un país se definen por la posesión efectiva de territorio al momento de la independencia.

Así que surgieron las desavenencias por algunas fronteras en el limbo en la región de amazónica, una naciente “vorágine”, confusa y caótica, ya que el gobierno de Perú incluyó en 1822 las provincias de Quijos, Jaén y Maynas en su jurisdicción y en 1824 el Congreso de la Gran Colombia (nombre informal) expidió la Ley de División Territorial de la República de Colombia y contuvo los territorios en conflicto como uno de los doce departamentos del naciente Estado, llamado Azuay, con capital en Cuencas.

Los primeros doce departamentos de “La Gran Colombia”

En consecuencia, el diferendo derivó en la denominada guerra Grancolombiana-peruana (1828-1829), que no resolvió nada, y en el Tratado de Guayaquil apenas se definió que como referente básico para una delimitación definitiva se consideraran las fronteras virreinales, pudiendo hacerse pequeñas modificaciones de común acuerdo, para facilitar dicho trabajo, aunque ya estaba claro que para definir límites se preferirían las divisiones naturales, principalmente los ríos y las costas marinas; pero en 1830 se disolvió La Gran Colombia y las conversaciones quedaron en punto muerto.

Sobrevenidas las nuevas repúblicas, Ecuador reconoció a Perú los territorios de Tumbe, Maynas y Jaén, aunque a veces se consideraba heredero de los títulos grancolombianos en esos territorios. Brasil, por su parte, aceptó en 1851 las fronteras con Perú incluido el Trapecio Amazónico hasta los ríos Caquetá (Yupará) y el Apoporis, pero en 1904 le regresó ese reconocimiento a Ecuador. Sin embargo, en un Tratado de 1916 Ecuador recibió de Colombia una zona de terreno entre el río Marañón y río Napo a cambio de ceder otra zona ubicada entre el río Napo-Amazonas y el río Caquetá, incluido el Trapecio Amazónico, territorios que el Perú reclamaba para sí.

Pero fue en 1922, mediante el tratado Salomón-Lozano que Perú y Colombia establecen los límites que hoy rigen las fronteras (con la desazón ecuatoriana), sin observar con claridad el comportamiento del cauce del Río Amazonas.

1904                                                            1922

La verdadera “Vorágine” entra al ruedo”

Como todo tratado internacional debió ser refrendado por los respectivos congresos de los países firmantes, y en Perú el parlamento lo aprobó casi unánime, aunque con siete votos negativos, entre ellos el del empresario cauchero Julio C. Arana (Senador por Iquitos), tristemente célebre por ser responsable de la explotación y la muerte de miles de indígenas amazónicos de todas las fronteras, a los que empleaba como trabajadores esclavizados, siendo su delictivo accionar argumento para la novela del escritor colombiano José Eustasio Rivera, publicada en 1924 y considerada un clásico de la literatura mundial.

El epicentro de estas aberraciones fueron los territorios de Putumayo y Caquetá, desde inicios del siglo XX, pero las autoridades colombianas no intervenían porque estaban concentradas en la “Guerra de los mil días”, y tampoco las autoridades peruanas, pues argumentaron no tener autoridad sobre los territorios señalados, dominados de facto por Arana, a quien encubrían, y su empresa británica Peruvian Amazon Rubber Company. Así que todo funcionaba mediante un acuerdo denominado Modus Viviendi, que consiste en que las partes de un conflicto coexistan en paz, se toleran.

El imperio y fiebre del caucho, en dos períodos (1879-1912 y 1942-1945)

Los “líos de faldas” y el incidente de Leticia

El primero de septiembre de 1932, un grupo de civiles pertenecientes a la Junta Patriótica Nacional del Perú (resentida con su gobierno porque acaban de perder la Guerra del Pacífico y un territorio con Chile –la ciudad de Arica-), el ingeniero civil Óscar Ordoñez y el alférez Juan Francisco La Rosa, amigos personales del cauchero Julio C. Arana, decidieron ejecutar el Plan de Leticia y se tomaron la Ciudad disparando a las casas de los colombianos, capturando como prisioneros a sus ocupantes, así como a seis funcionarios de la alcaldía y a 19 policías.

Según el historiador Carlos Camacho, quien recogió en crónicas esa guerra colombo-peruana (BBC News Mundo, mayo 26/2023), “El ingeniero Ordóñez, por su parte, le expresó a un técnico inglés encargado del telégrafo, que habían decidido recapturar Leticia, pese al tratado con Colombia, y declarar su independencia del resto del país si el gobierno central los desautorizaba”.

Pero los relatos van más allá: según el expresidente Alfonso López Michelsen, fallecido en el 2007, e hijo del también expresidente Alfonso López Pumarejo, quien reemplazó en el solio de Bolívar a Enrique Olaya Herrera y estuvo a cargo del fin del conflicto en su primer mandato (1934-1938), el denominado Incidente de Leticia ocurrió por un “triángulo amoroso”: En Leticia vivía una preciosa mujer llamada Pilar, que era amante del alférez La Rosa, encargado de una guarnición militar peruana cerca de la población, en la isla Chinerías; pero la mujer también era pretendida por el intendente colombiano del Amazonas Alfredo Villamil. El cuento es que Villamil no se resignó a perder sus sueños y raptó a Pilar con el apoyo de cuatro agentes de policías y la escondió en la selva, ahí “se armó Troya”, porque el militar se alió con el ingeniero Ordóñez, que administraba una hacienda cauchera del lado de Colombia, sin querer pagar arriendo fiscal por el uso de las tierras.

Los ruidos llegaron a Bogotá al día siguiente, y el presidente Olaya Herrera ordenó al general Alfredo Vásquez Cobo rearmar el ejército (cuatro barcos nuevos, cañones y ametralladoras, más 16 aviones de Scadta) como una estrategia de intimidación militar, ya que esos pertrechos poco se utilizaron, a pesar de las doce escaramuzas registradas, los heridos y las víctimas mortales de ambos bandos en los ocho meses del conflicto. Todo se apaciguó cuando el 30 de abril de 1933 fue asesinado en Lima el presidente Luis Miguel Sánchez, y el sucesor, Óscar Benavides inició conversaciones con su amigo liberal Alfonso López Pumarejo en la capital peruana, lo que desbocó en el Acuerdo de Río de Janeiro en mayo de 1934.

El presidente Enrique Olaya Herrera y el general Alfredo Vásquez Cobo

El Protocolo de Río y la isla de la discordia

El acuerdo final (o “semifinal”) del conflicto se firmó en Río de Janeiro el 24 de mayo de 1934, como Acta Adicional del refrendado en 1922, reafirmando las fronteras de 116 kilómetros sobre el Amazonas y colocando como eje central la “línea más profunda” del lecho riaño, al norte para Colombia y al sur para Perú (el "Talweg" es la línea que conecta los puntos más bajos de un valle fluvial y, por lo tanto, coincide con el curso del río en ese punto); es decir, se dividió el trazado del Río entre los dos Estados no por la mitad, sino por el mejor surco navegable, .

Sin embargo, como el Río ha movido su cauce fruto del caudal variable por estaciones y años, se considera que ambos países deben revaluar sus dominios ya que han desaparecido unas islas y surgidos nuevos aluviones y bultos de sedimentos arrastrados por el caudal, de tal manera que la línea trazada en Río de Janeiro no es la misma y se debe renegociar la jurisdicción de cada isla nueva, entre ellas, Santa Rosa de Yavarí (no Loreto), que acaba de ser declarada Distrito por parte del Gobierno del Perú, quedando al norte del lecho más profundo del Amazonas, frente a Leticia, teniendo en cuenta que si los incas la toman, la ciudad se quedaría sin puerto, pues antes de su nacimiento la fuerza del río que golpeaba al norte permitía excelente navegabilidad a la capital más austral de Colombia.

Aunque los gobiernos de ambos países se han “pelado los dientes” en "dimes y diretes" y se debe regresar a la diplomacia, lo cierto es que entre el uti possidetis iuris y el Uti possidetis factis, en la época posmoderna, el satélite dice la verdad.

Aunque “la vaina ya se formó”, hay que evitar que “se ponga fea”.

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